Recordando a un MEDICO ... con mayúsculas.

PACO

Inmersos en una realidad caótica y regida por la incertidumbre, todos vivimos con una certeza (quizás la única): la muerte.

Inexorable, irreversible, igualadora.

Sin embargo, cuán difícil es aceptar o – al menos – entender la de un Amigo cercano, entrañable y seguramente irrepetible:

Francisco “Paquito” Maglio

Quienes dedicamos nuestras vidas a la Medicina, nos hemos entrenado en adquirir conocimientos técnicos y científicos. Lo hacemos desde nuestros primeros pasos por la Facultad y continuamos toda la vida, en el valorable intento de mantenernos actualizados.

Pero en la “escuela de Medicina” no existe una Cátedra de bonhomía o una materia sobre trato humanitario del paciente. Hasta la enseñanza de Bioética se centra en los aspectos técnicos o legales. La mayoría parece olvidar que el sujeto a quien la ciencia médica dedica todo su esfuerzo es el ser humano.

Paco fue el Maestro – en el más completo de los sentidos de esta palabra – que nos enseñó que el paciente es más que un número de cama o de historia clínica.

Mucho más que un diagnóstico.

Primero que nada, el paciente es una Persona; que sufre, ama, siente, desea, teme, goza y añora como nosotros. Una persona con un nombre y una historia. Una persona que – circunstancialmente – nos necesita por estar enferma.

Fue Paco quien nos hizo ver cuán importante es el contacto físico: nos hemos olvidado de tocar a nuestros pacientes. Y no sólo a los fines semiológicos, sino como se toca a otro ser humano: estrechando su mano o brindando una caricia respetuosa pero llena de afecto sincero, cuando el caso lo amerita.

Se atribuye a Claude Bernard la frase Guérir quelquefois, soulager souvent, consoler toujours (curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre). Ante un paciente moribundo (evito conscientemente usar el eufemismo “terminal”), en una sala de cuidados intensivos, conectado a un sin fin de máquinas, sondas, tubos y cables, es apenas imaginable la dolorosa frialdad de un “pase de sala” donde médicos hacen interminables consideraciones diagnósticas y terapéuticas, pero olvidan, al menos, saludar al paciente. Cuanto alivio podría brindar en cambio, una sonrisa y –tal vez- una caricia fraterna.

Yo vi hacer esto a Paco. 

La reacción de la anciana que -eventualmente – resultó ser “el caso” que estábamos viendo quedó impregnada en mi memoria y ahora la evoco como homenaje silencioso a este Grande: Paquito!.

Dr. Eduardo de la Puente.

Presidente de la SAMF®